LA CIUDADANÍA EN LOS MEDIOS -PARTE TRES-

Los medios como configuradores de sentido

Valeria Fernández Hasab

Para Habermas, el surgimiento del Estado benefactor del siglo XX provoca nuevas transformaciones del espacio público. La función crítica del periodismo pasa a segundo plano ante el auge de la publicidad, del espectáculo y de las relaciones públicas. La opinión pública ya no es el producto de un discurso racional, sino que se fabrica con la ayuda de la publicidad y de la manipulación mediática(18). De este modo, con la crisis del Estado, la fragmentación de los públicos, los nuevos movimientos sociales y la disponibilidad de las nuevas tecnologías de la comunicación, comienzan a entreverse nuevas condiciones históricas de la existencia de un espacio público y con él, nuevas tendencias en los estudios acerca de los media, su alcance y posibilidades.

Actualmente se encuentra en entredicho la tan mentada “manipulación” que los medios ejercerían sobre los receptores. Hoy, los estudiosos de la comunicología persiguen dos principios identificados como público activo y un contenido de los mensajes de carácter polisémico. David Morley, quien se ocupa de desmitificar esta posición aclara que, la polisemia del mensaje no significa que no obedezca a una estructura. Los públicos no ven en un texto sólo lo que quieren ver en él. Es cierto que un mensaje no es un objeto dotado de una “significación real” y exclusiva, pero los mecanismos significantes que pone en juego promueven ciertas significaciones y suprimen otras. Todo mensaje conlleva elementos directivos respecto de la clausura del sentido(19). Por su lado, Ien Ang sostiene que los públicos pueden ser activos de muchas maneras en la utilización e interpretación de los medios, pero sería ingenuamente optimista confundir su actividad con un poder efectivo. Los públicos no disponen de ningún control sobre los medios a un nivel estructural o institucional duradero(20). Estas ideas pueden rematarse con lo dicho por Morley acerca de que el “todo marcha bien”, sostenido entre otros por Fiske y Budd, permite justificar que se descuiden todas las cuestiones referidas a las fuerzas económicas, políticas e ideológicas que intervienen en la construcción de los textos en el nombre de un artículo de fe(21).

En este sentido, Habermas expresa que en tanto que un constructo ficticio del Estado de derecho, la opinión pública conserva en la teoría normativa de la democracia la unidad de las grandes entidades contrafácticas. Esa entidad, según el autor, ha sido liquidada desde hace tiempo en los estudios empíricos de la investigación de los medios y de la sociología de la comunicación. Sin embargo, se deben tener en cuenta ambos aspectos si se quiere comprender el modo de legitimación puesto en práctica realmente en las democracias de masas del Estado social, y si no se quiere abandonar la diferencia entre los procesos de la comunicación pública auténticos y los impregnados por el poder(22).

Manuel Castells, ocupado, entre otros tópicos, de la problemática de la opinión pública, los medios y la política subraya que el espacio público en la actualidad se encuentra capturado por los medios. Sin embargo, distingue entre el consumo de los productos de los medios y la credibilidad que los mismos generan. Una cosa es que algún medio de comunicación tenga capacidad de penetración y otra bien distinta, el puente de credibilidad que construye. Para él, la democracia liberal se basaba en dos postulados: la existencia de una esfera política, sede del consenso social y el interés general, y la existencia de actores privados provistos de su propia energía que ejercían sus derechos y manifestaban sus poderes incluso antes de que la sociedad los constituyera como sujetos autónomos. Hoy, en lugar de un espacio político, sede de la solidaridad colectiva, sólo hay percepciones dominantes, tan efímeras como los intereses que las manipulan(23). En relación a los medios, postula que deben estar próximos a la política y al gobierno, lo bastante próximos como para acceder a la información y, al mismo tiempo, beneficiarse de la regulación. No obstante, deben ser lo suficientemente neutrales y distantes como para mantener su credibilidad, siendo de este modo los intermediarios entre ciudadanos y partidos. Es así que ni la TV ni los otros medios de comunicación determinan los resultados políticos por sí mismos, debido precisamente a que la política de los medios es un ámbito contradictorio, donde actúan diversos actores y estrategias, con diferentes habilidades y resultados varios. Para él, la mediocracia no contradice la democracia porque es tan plural y competitiva como el sistema político. El tema crucial es que, sin una presencia activa en los medios, las propuestas o candidatos no tiene posibilidad de reunir un apoyo amplio. La política de los medios no es toda la política pero la política debe pasar a través de los medios para influir en la toma de decisiones. Al hacerlo, queda fundamentalmente encuadrada en su contenido, organización, proceso y liderazgo por la lógica inherente del sistema de medios, sobre todo por los nuevos medios electrónicos(24).

Estamos presenciando la fragmentación del Estado Nación que conocimos y siendo testigos del carácter impredecible del sistema político y la singularización de la política. Las nuevas condiciones institucionales, culturales y tecnológicas del ejercicio democrático han vuelto obsoleto el sistema de partidos existente y el régimen de la política competitiva. Los medios masivos de comunicación, y en especial la TV, funcionan como factores de unificación política. No sólo canalizan la información política sino que, efectivamente, producen ellos mismos, acontecimientos políticos. De allí que se hable de los medios como escenarios y de que la mediatización de la sociedad hace estallar la frontera entre lo real de la sociedad y sus representaciones. El semiólogo argentino Eliseo Verón dice sospechar que los medios no son solamente dispositivos de reproducción de un “real” al que copian más o menos correctamente, sino más bien dispositivos de producción de sentido(25). El campo ambiguo que E. P. Thompson llamara “la experiencia” incluye en nuestros días, sin dudas, a los medios. Nos preguntamos, entonces, por los otros espacios de construcción del sentido común menos ligados a las nuevas tecnologías: las prácticas cotidianas, los recorridos familiares, las historias particulares y las marcas que éstas imprimen sobre los sujetos. Si el espacio público pasa, en la actualidad, ineludiblemente, por la pantalla, si “la mediatización cambia la escala del espectáculo, y no su naturaleza semiótica”(26) y si pone en circulación, a escala de la sociedad global, todos los signos que operaban antes en la esfera de la territorialidad subjetiva(27), qué lugar les cabe y cómo se configuran, la experiencia y la cultura común compartidas necesarias para constituir una ciudadanía que nos incluya a todos/as. Como señala el comunicólogo mendocino Omar Gais, “los medios masivos, esos poderosos operadores en la construcción cotidiana de la realidad son eficaces, sin embargo, sólo a condición de funcionar en sintonía con una comprensión de esa realidad que no se fabrica enteramente en ellos y que funciona como filtro de lo que por ellos y desde ellos recibimos”(28). Pero sin dudas, las posibilidades o no de acceso, a esa comprensión de la realidad, las diferencias y los circuitos elegidos y obligados, nos distancia, limita y, por qué no, excluye.

No hay dudas acerca de que la crisis de representación política, el individualismo narcisista, la dualización de las sociedades y la vulnerabilidad ante las modificaciones del universo del trabajo son anteriores, ajenos e independientes al funcionamiento de los medios. Tampoco las hay respecto a que vivimos en democracias mediáticas y que resulta impensable volver atrás. Coincidimos en que el destino de las democracias no depende de lo que suceda con los medios sino de lo que podamos hacer con ellos en un contexto que abarca otros condicionantes, ante todo de orden cultural(29) pero como sabemos, debido a los efectos convergentes de la crisis de los sistemas políticos tradicionales y del espectacular aumento de la penetración de los medios, la comunicación y la información política han quedado capturadas en el espacio de los medios. Fuera de su esfera, sólo hay marginalidad política(30), dice Castells, y nosotros agregamos, aún teniendo en cuenta algunos indicios de nuevas prácticas políticas (cortes de rutas, cacerolazos, llaverazos, Foro Social Mundial). La lógica y la organización de los medios electrónicos encuadra y estructura la política. No sólo repercute en las elecciones sino en la organización política, en la toma de decisiones y en el gobierno, modificando en definitiva la naturaleza de la relación existente entre el estado y la sociedad.

El desafío, sin dudas, está en aprender a decodificar y a usar la tecnología y los medios para alcanzar la postulada universalización de las condiciones de acceso a lo universal. Pero no sólo en eso. Como explica Bourdieu, los fundadores de la república, en el siglo XIX, decían que el objetivo de la instrucción no consistía únicamente en saber leer, escribir y contar para poder ser un buen trabajador, sino en disponer de los medios imprescindibles para ser un buen ciudadano, para estar en disposición de comprender las leyes, de defender los derechos…(31) Sin embargo, tras el postulado del autor francés, nos preguntamos ya en el final del recorrido y sin querer mostrarnos demasiado pesimistas, cómo hacerlo si contamos con una escuela deslegitimada y fragmentada, con fuertes inadecuaciones a las actuales condiciones culturales, y con unos medios de comunicación que no hacen sino acentuar el sistema sociopolítico imperante en pos, únicamente, de ganancias económicas individuales y/o trasnacionales.

Notas

Valeria Fernández Hasan

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